"Es un sin techo" pensé al ver a un hombre vagar por la carretera empujando un carrito. Le miré fijamente mientras lo adelantaba con mi coche. La lluvia caía abundantemente y mientras me alejaba de él, pensé en lo difícil que le tenía que estar siendo caminar así. Siguiendo un impulso de mi corazón, di media vuelta y me posicioné cerca de él. Le ofrecí llevarlo hasta un lugar mejor, no sabía hacia donde se dirigía, pero temí que con semejante chaparrón pudiera enfermar. Aunque vaciló durante unos instantes, subió rápidamente intentando que la calefacción calentara su frío cuerpo. La verdad es que nunca me he planteado que decir en este tipo de casos, así que empecé por lo típico: dónde se dirige. Fue muy fácil entablar una conversación, y este hombre en seguida me contó su historia. Yo pensaba que sería como todas esas que se oyen de gente arruinada por las drogas o deprimida por los problemas y que se han dejado llevar hasta acabar en esa situación. Pero no era así, este hombre de unos 50 o 60 años era un "caminante". Me contó que él había tenido un trabajo, una vida como la del resto del mundo, esa a la que todos llaman "normal", pero que un día, por diversas circunstancias, se cansó y decidió meter todo lo que necesitaba en un carro y empezar a caminar. Se había recorrido varias veces Europa en los quince años que llevaba ya caminando y había vivido un sin fin de experiencias. En mi ingenuidad pensé que quizás podría ayudarle con algo, pero me dijo que no necesitaba nada. Tras mucho insistir, me dijo que sus zapatos se le habían roto y que eso si que le vendría bien. Le deje esperando mientras subí a mi casa a por un par de zapatos y aproveché para coger unos pantalones, una chaqueta, algo de comida y una Biblia. Reconozco que al coger la ropa me di cuenta, quizás por primera vez, de cuanta ropa tengo y de que pocas veces lo agradezco. Pero cuando me acerqué a mi despacho a por la Biblia, la verdad es que dudé. Por un instante pensé si aquel hombre se sentiría ofendido o si me mandaría a freír espárragos, pero decidí, al menos intentarlo. Bajé hasta el coche y le ofrecí todos mis presentes. Pero aquel hombre me decía que no necesitaba tanto, tras mi insistencia, accedió a tomarlo todo salvo la chaqueta, pues me dijo que ya tenía dos y que no necesitaba más. ¡Que ironía! Y yo que a veces pienso que me falta ropa... Por último le ofrecí la Biblia, conjugando ya en mi cabeza la respuesta a su negativa. Pero su respuesta me fascinó: A una Biblia yo nunca le digo que no. Aquellas palabras tocaron mi corazón. ¿Cuántas veces yo le dicho que no a una Biblia? No me refiero a no aceptarla como regalo sino a no seguir los preceptos que ella me da. Cuántas veces he vivido mi vida como si la Biblia y sus promesas no existieran, como si ese libro no fuera más que un conjunto de ilustraciones bonitas con poco efecto en mis acciones. Llevé a ese hombre hasta la playa, pues es por ahí por donde él quería seguir su marcha. Nos despedimos y se fue. Pero sus palabras se grabaron en mi corazón: Nunca le digas que no a una Biblia. Pues no es un libro cualquiera, es el libro en el que se registra la verdadera historia, tanto su pasado como el futuro, pero sobre todo, es donde se registra el amor más grande, el más real, el de un Padre por sus hijos que volverá a buscarlos. Amigo, nunca le digas que no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario