El milagro de la vida, como algunos lo llaman, es, o debería ser, un momento precioso en el que se espera el alumbramiento del ser que ha sido formado de dos seres que se aman profundamente y que han decidido unir sus vidas para siempre y que ahora desean disfrutar del regalo de ser padres. Así es, al menos, como fue diseñado. Pero, ya ves, en tan sólo unas horas de vida, este bebé ya conoce el rechazo de quien lleva su misma sangre, de quien le engendró. Durante nueve meses fue creciendo en las entrañas de su madre. Cuidado y protegido por un sin fin de procesos naturales que lo desarrollaron hasta prepararle para nacer. Pero llegado el momento más bonito, el más emotivo, el de conocer a quien durante todo ese tiempo le llevo dentro de ella misma, este bebé, es arrancado de los brazos de su madre, abandonado delante de una guardería, donde, irónicamente, cada día llegan niños en brazos de sus padres para pasar unas horas y luego volver a su hogar. Para este bebé, las cosas serán muy diferentes, él no estará ahí unas horas, él no esperará impaciente el regreso de su madre, él será llevado a otro lugar, esperando un alma compasiva que quiera ser para él, lo que quien biológicamente lo era, no ha sido capaz de ser.
No juzgo a esa pobre mujer que se ha sentido tan sobrepasada por las circunstancias, que ha creído que la única solución era abandonar a su bebé para que éste pudiera sobrevivir. Pero pienso en ese bebé, en su abandono y en qué será de él en un futuro. Quizás encuentre una familia que lo ame como si fuera suyo propio o quizás no. Quizás el día de mañana perdone a quién lo abandonó creyendo que esa era la única solución o quizás no. Quizás el día de mañana sea una persona sin complejos sin traumas o quizás no.
No lo sé, no sé quién será él o quién será su madre en unos años, si habrá sido capaz de perdonarse a sí misma y seguir adelante o si el remordimiento le destrozarán aun más que la separación.
Pero hay algo que sí que sé. Hay algo de lo que tengo certeza. Y es que éste no era el plan de Dios. No fue con este fin con el que fuimos creados, no fue para sufrir todo esto para lo que Él nos dio la vida, sino para vivir tranquilos, para tener la seguridad de un mañana, de una vida sin fin, de una felicidad plena. Ese era el verdadero plan. Pero cuando todo falló, cuando los planes se desvanecieron sin un motivo lógico, Él creó otro plan. Este era más duro e incluía la muerte de un ser inocente, pero la recompensa era grandiosa, o al menos para Él: devolvernos la vida eterna, el cielo, restaurarnos del dolor y llevarnos de vuelta a su lado.
Este plan no era fácil, pero era la única solución. Por eso, mi Amigo, no se lo pensó, vino, vivió y murió para darnos vida a ti y a mi, para siempre.
Sé que esta historia es muy conocida por todos y para algunos no es más que un cuento, pero para mí, amigo mío, es mi razón de existir, es el motor de mi vida, es lo que me lleva cada día a levantarme pensando que no estoy sólo, que lo tengo a Él.
Al igual que ese bebé, a veces podemos sentirnos abandonados por todos, perdidos en este mundo, embarcados en un velero sin rumbo, pero no es así, Él tiene todo bajo control y no va a permitir que nadie le separe de ti. Créeme si te digo que mi Amigo volverá muy pronto y que no habrá nada que le haga más feliz que llevarte con Él a un lugar mejor y darte la vida para la que te creó. No lo dudes, Él no te ha abandonado.
Feliz de visitar tu casa, y percibir el entrañable aroma que arroja. Gracias por tus reflexiones.
ResponderEliminarDios es Dios de vida y acogida, nunca de muerte y abandono. Tampoco juzga severamente a quienes, inmersos en la locura de la tormenta, toman decisiones de las que probablemente se arrepentirán un día. Las cosas siempre pueden hacerse mejor. Y Dios vela para que nos demos cuenta de ello.
Abrazos en Jesús.